Ya está, hemos llegado.
El día 17 del pasado mes llegamos por fín a nuestro ansiado destino. La verdad es que no fue un recibimiento fastuoso, no hubo ningún ágape y no hicieron tocar ningún himno de bienvenida a nuestra llegada. Tampoco lo esperábamos, no somos de la familia real ni pertenecemos al clan de los Aznar. La primera en recibirnos fue Susana, una chica joven, no tánto como la homónima dueña de la canción del ratón y un tanto resultona que se trababa al hablar.
Se nos pidió colaboración, porque nos tenían que dividir en dos grupos, uno para cada planta. Nos presentaron a las responsables de las diferentes unidades de servicio que hay en el lugar. Se trata de un edificio gris, uno de esos complejos llenos de oficinas y salas de juntas, poblado de un millar de hormigas que lo recorren constantemente. La decisión fué fácil, como todos estaban nerviosos, demasiado agarrotados como para tomar alguna decisión, establecí que Luis, Juan Carlos y yo, nos pondríamos juntos, con lo que a Jose no le quedaba más remedio que bailar con la más fea. Fea cuyo seno restregó por mi codo una decena de minutos antes de conocer a la tartaja.
Durante los primeros días y hasta que tuvimos alquel altercado con la tutora, no estuvimos mal, teníamos algún que otro roce con Juan Carlos, más que nada por su pasotismo, que ponía frenético a Luis y a mi me daba un motivo para estar constantemente hablando de él.
Mira que me gusta ese chico. Me da rabia, porque siempre me voy a enamorar de los heterosexuales gallitos, esos fachitas chulos que no hay quien aguante. Bueno, no tanto porque en el fondo es un chico muy majo y aunque es un tanto ingenuo lo que trata de compensar con una fachada de pijo capullo y borde, la bondad es la nota dominante.
El caso es que el primer día tampoco hicimos mucho más. Con subir a conocer a los que durante un mes serían nuestros compis, aprender algunos de sus nombres y cual era la ubicación del archivo, tuvimos suficiente.
Se nos pidió colaboración, porque nos tenían que dividir en dos grupos, uno para cada planta. Nos presentaron a las responsables de las diferentes unidades de servicio que hay en el lugar. Se trata de un edificio gris, uno de esos complejos llenos de oficinas y salas de juntas, poblado de un millar de hormigas que lo recorren constantemente. La decisión fué fácil, como todos estaban nerviosos, demasiado agarrotados como para tomar alguna decisión, establecí que Luis, Juan Carlos y yo, nos pondríamos juntos, con lo que a Jose no le quedaba más remedio que bailar con la más fea. Fea cuyo seno restregó por mi codo una decena de minutos antes de conocer a la tartaja.
Durante los primeros días y hasta que tuvimos alquel altercado con la tutora, no estuvimos mal, teníamos algún que otro roce con Juan Carlos, más que nada por su pasotismo, que ponía frenético a Luis y a mi me daba un motivo para estar constantemente hablando de él.
Mira que me gusta ese chico. Me da rabia, porque siempre me voy a enamorar de los heterosexuales gallitos, esos fachitas chulos que no hay quien aguante. Bueno, no tanto porque en el fondo es un chico muy majo y aunque es un tanto ingenuo lo que trata de compensar con una fachada de pijo capullo y borde, la bondad es la nota dominante.
El caso es que el primer día tampoco hicimos mucho más. Con subir a conocer a los que durante un mes serían nuestros compis, aprender algunos de sus nombres y cual era la ubicación del archivo, tuvimos suficiente.
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